Mujer y DeporteYo soy mujer y soy una advenediza en el mundo del running. Tengo 35 años. Llevo un añito corriendo (algo más). Pero diré, sin asomo de duda, que me apasiona. Que me ha entrado en vena. Que amo este deporte y que ya no me imagino la vida sin practicarlo.

En mis conversaciones cotidianas, no siempre me siento comprendida. No me siento comprendida por amigos muy allegados, a los que he llegado a escamotearles información: no saben cuándo voy a la montaña, cuándo corro, ni cuanto.

Soy una mujer pequeña. Según me dicen, de apariencia débil y a pesar de estar provista de un carácter más que firme y determinado, parece que el dibujo de mi persona en sus mentes es una cuestión de pesos y medidas. Algunos de los más cercanos a mí, que me han visto evolucionar en mi vida, me consideran hoy en día arrebatada por una especie de locura temporal que no durará mucho. El drama llegó a ser más hondo cuando me tatué una montaña en el brazo. Anatema.

Yo no lamento su ausencia de comprensión. Yo lamento que la vida no les haya regalado lo que a mí sí: la experiencia de correr en la naturaleza, que es casi orgiástica, que me saca de mi equilibrio y que me ordena a la misma vez, y que me hace comprender mi dualidad filosófica y esencial: corriendo soy un ser apolíneo, por mesurado, por armonioso, por sosegado; y corriendo soy también un ser absolutamente dionisíaco, por desencadenado, por arrebatado, por estar tan maravillosamente cerca de mi cuerpo. Y es que no hay para mí más allá del cuerpo. No creo en el alma. A mi entender, todo se pudre irremediablemente con la muerte. Pero esa dimensión de espíritu, que existe (de una forma que no es la que nos explican desde niños), que vive, pero que es cuerpo también, esa, la siento palpable cuando corro. En mi cuerpo, que experimenta, que se libera, que trasciende en el hecho mismo de correr. Correr en el más hermoso escenario imaginable. Correr por la montaña.

He aquí que todo esto no sería un hándicap si yo fuera un hombre. Así lo creo. Se me juzga como una loca excéntrica. Se me considera irreflexiva. Se me considera alocada. Y no digo yo que los chicos no viváis estos estigmas, porque nuestra actividad es en sí bastante incomprensible vista desde fuera (válgame Dios, 45 kilómetros, con 4500 metros de desnivel a 38 grados en alta montaña, durante el mes de junio, qué necesidad habrá…) Pero siendo mujer el delito multiplica su gravedad. Somos concebidas como prudentes, como conservadoras. Somos sosegadas. Nos dedicamos a labores recogidas, seguras. Aguardamos a nuestro cazador en casa: él nos resuelve los problemas y nosotras mantenemos la seguridad del nido. De modo que, salir con esas mallas de colores por el campo, es de locos.

Si en un lugar observo cifrarse más acérrimamente la crítica, es entre las propias mujeres . Porque, es más, hasta observo cierta admiración por parte de muchos hombres. Algunos, también deportistas, sienten el deleite de encontrar compañeras entre nosotras. Algunos comentan que desearían tener parejas con las que compartir esa pasión. Doy fe. Esta actividad suma enteros en una relación. Suma comprensión y, sobre todo, posibilidadeMujer y Deportes. Los hombres que no corren, por su parte, nos consideran encantadoramente raras. Exóticas. No desdeñables. Pero en sus juicios, no siempre positivos, no llega a haber muchas veces dureza real. Donde sí he hallado esa dureza, extrañeza, crítica y aceramiento es en los ojos de otras mujeres que no corren. Por supuesto, no hablo de una situación general. Yo hablo de comentarios concretos. De mujeres concretas. Que no me entienden. Que me juzgan. Que creen que mi fuerza no me es propia, o que es una veleidad extraña obtenida de no sé qué necesidad de ser considerada socialmente. Pues bien, me explicaré: señoras; señores. Correr es gozar. Pero correr es sufrir. Correr es una elección de vida. Y envuelve la vida, la transforma. Correr comporta disciplina y amor. Y comporta un disfrute físico, mental y filosófico. Y un modo de ser. Y una dimensión que no conoce sexos, ni tampoco condiciones. Correr solo requiera piernas y voluntad. Pero implica mucho más: implica un compromiso con un modo distinto de sentir la vida. Entregarse
a la carrera por montaña implica que tu espíritu ya nunca será el mismo, y que vivirá por siempre ávido de la experiencia instantánea y pura. Quien corre necesita correr más. Y lo necesita siempre. Y sucorazón lo sabe. Aunque sea mujer.

Opino que el running nos mejora, y que es así porque vivimos de espaldas a nuestra propia dimensión física. Opino que, en palabras del neurobiólogo Antonio Damasio, no hay otra felicidad que la del cuerpo. Y creo que hoy las mujeres somos aún víctimas de una situación histórica: se nos ha pedido negar nuestro placer; se nos ha pedido no poseer dimensión corporal; nuestra virginidad, la ausencia de experiencia física que ella conlleva, se ha convertido en valor, en medidor de virtud. Nos ha subyugado. Nos ha devastado. Y nos ha convertido en seres que se exigen los unos a los otros la democracia de la inexistencia. Ahí está el meollo de nuestra renuencia a la experiencia física. Creo que todo se lo debemos a nuestra exigencia moral. A nuestra creencia de que la virtud mora en la quietud inactiva de la inexperiencia. En la negación del cuerpo. Así, en la crítica a la mujer deportista también se esconde una crítica a una imagen moral sobre ella.

Cosa de hombres, nos dicen, construyendo una nueva jaula para arrebatarnos la vida y el placer. Y nosotras mismas, con nuestro avieso juicio, con el mazo de la vigilancia de unas sobre otras, alimentamos tales ceguedades.

Yo nunca quise ser como María. Discúlpenme ustedes. Yo quiero ser una Eva. Quiero un bocado ávido de la fruta de la sabiduría. No: la quiero entera. Y que me juzguen. Y que me lleven al infierno. Con mi cuerpo ahíto de experiencia. Corriendo, sin mirar atrás.Mujer y Deporte